De cazador para cazadores

IX - El sueño de África

Siempre fue un sueño pensar que algún día podría cazar en África, pero la idea comenzaba a tomar forma antes de lo que suponía.

A mis 29 años comencé a interesarme por todo tipo de información que me ayudase a ir configurando un hipotético safari para el que no tenía ni fecha, ni país, ni especies predeterminadas. Era un papel en blanco en el que comenzaban a mezclarse países con especies, paisajes con lodge, y por supuesto organizadores con calidad y precio.

Fue a mis 31 años cuando toda esta amalgama de datos quedo resuelta definitivamente con la opción que más confianza me inspiró: Carlos Más, con un país que me ofrecía el clásico paisaje puramente  africano: Namibia, un paquete de antílopes que cubría todas mis expectativas: Eland, Waterbuck, Kudu, Orix, Ñu Azul, Ñu Negro,… y una forma de desarrollar el safari que no consistía en disparar desde el coche, sino en cazar, que es otra cosa bien distinta. Y todo esto con unos anfitriones, Japie y Liza, de nuestra misma edad.

Era 29 de Marzo de 2007 y mientras en Sevilla se oían los últimos ensayos de la banda del sol, salíamos Leticia y yo del aeropuerto de San Pablo hacia Madrid. Es duro para un “capillita” saber que el Domingo de Ramos, estaré a miles de kilómetros de mi Virgen de la Paz,  cuando por la noche regrese por el parque de Mª Luisa hacia su casa en el Porvenir abriéndose paso entre saeta y saeta al son de “Lloran los Clarines”. En fin, el año que viene volveré a mi cita de todos los años, pero este Ella me dio permiso para cumplir mi sueño desde niño: Cazar en África.

El día 30 amanecimos en Madrid y con algo de retraso partimos hacia Munich, donde tuvimos tiempo de visitar el centro de la ciudad y dar buena cuenta de su fantástica cerveza antes de tomar el avión rumbo a Windhoek a las 22:30 de la noche

Eran las 7:30  de la mañana cuando pisábamos por fin suelo africano. Tras los papeleos, recogida de armas y demás trámites de rigor, salimos para encontrarnos con Japie y Liza. Saludos, presentaciones y al coche que nos quedan dos horas hasta llegar a su finca: Neuhof.

Al llegar a la finca la sensación era la de verme inmerso en uno de esos hermosos documentales de la 2 ¡que yo si veo!



 

El lodge tenía piscina, pavos reales, una vivienda de lo más típica,… era un oasis en medio de la belleza más absoluta que solo es capaz de brindar este continente.

Nada mas entrar, dejamos nuestras maletas en la habitación, y fuimos a probar el rifle, que no había sufrido alteración alguna. Comida, algo de siesta y a cazar.

Cogimos el todoterreno y nos desplazamos a una zona que según nos indicó Japie, era muy querenciosa para el Eland. Una vez allí comenzamos a andar lentamente. El primer animal que divisamos fue un kudu que salió en estampida pese a estar a más de 250 metros de nosotros. A las tres horas de estar caminando, por fin localizamos a un grupo de eland, en el que destacaba uno de manera poderosa sobre los demás. Rápidamente Japie dio el visto bueno, así que tras buscar un buen ángulo de tiro, apreté el gatillo logrando que la bala impactara en el animal, pero desgraciadamente el tiro fue alto, ya que en el mismo momento del disparo, éste realizó un movimiento que no esperaba. A pesar de no dar sangre, pude disfrutar viendo a Frank, nuestro pistero,  leer las huellas de la manada e identificar las del mío con una seguridad pasmosa. Casi una hora después lo pudimos localizar y efectuar un segundo disparo, que en este caso si estuvo bien colocado, pero aun así de nuevo tocó pistear. Ante la oscuridad que ya era patente, decidimos dejar la búsqueda para la mañana siguiente. Regresamos al lodge, ducha y a cenar unos deliciosos espaguetis con carne de ñu y unos filetes empanados de orix.

Al día siguiente nos levantamos a las 5:30 sin haber dormido mucho pensando en mi eland. Así que desayunamos y fuimos rápidamente  en su busca. Al llegar al lugar Frank reanudó el rastreo del día anterior. Nos extrañaba que llevásemos una hora de pisteo desde el lugar del segundo disparo cuando de repente se levanta una mole de 996 Kg. (que dio después) a unos cuarenta metros y sale corriendo en dirección opuesta. Tercer disparo y al suelo. Por fin lo tenía, pero al acercarnos se volvió a levantar con lo cual se llevó un cuarto y definitivo tiro. Era espectacular 226 puntos. Larga sesión de fotos y a ingeniárselas para cargarlo en el coche, ¡toda una aventura!



Al regresar al lodge aprovechamos para comer algo y descansar un rato, para a las 3 de la tarde ponernos de nuevo en marcha.

Localizamos ñus negros y azules aunque sin destacar ninguno. Al poco tiempo Ben detuvo el coche en seco, había localizado un orix a no mucha distancia así que bajamos y a recechar. Cuando lo tuvimos a tiro comenzó a moverse por lo que Japie me sugirió que esperara que se detuviese, algo que finalmente no ocurrió y se nos perdió entre los arbustos. Decidimos seguir sus huellas pero la sorpresa fue que al pasar las primeras matas, en vez del orix lo que apareció fue un bonito ñu azul, al que tras el visto bueno de mi profesional no dudé en disparar. Ya tenía mi segundo trofeo africano.

No había pasado mucho tiempo cuando de nuevo y mediante señas, me hacen seguirlos sigilosamente. Se trataba de dos blesbuck, de los cuales uno de ellos destacaba de manera espectacular. Hicimos la entrada pero el terreno no nos permitía demasiada aproximación, así que decidí tirarlo a unos 140 metros. El tiro fue a su sitio, no así el rifle que al estar el trípode muy bajo y no rectificarlo por el nerviosismo del momento, metí la cara demasiado, recibiendo un señor golpe de mi querido visor.

La cena de ese día fue de lo más sabrosa: springbuck en salsa, ¡que magnífica cocinera es Liza! En la sobremesa comentamos todos los avatares del día,  mientras nos refrescábamos con algún que otro whisky y a mi me tocaba soportar numerosas carcajadas a costa de mi maltrecha ceja, ¡qué se le va a hacer!

Eran de nuevo las 5:30 cuando amanecimos. El objetivo era el red hartebeest, así que colocamos las armas en el todo terreno y a cazar. Detuvimos el coche al poco tiempo y comenzamos a caminar hasta que conseguimos localizar a un grupo de unos 20-25 ejemplares. Se les veía algo nerviosos y sin dejar de mirar en nuestra dirección. El de mayor trofeo se encontraba algo tapado tras un arbusto y mirándonos de frente. Japie, con buen criterio, me decía que esperara, pero yo no estaba dispuesto a que me ocurriera lo mismo que el día anterior con el orix, así que tras comunicarle mi confianza en el lance disparé consiguiendo un precioso trofeo de red hartebeest.

Mientras en el lodge lo preparaban, nosotros volvimos a lo nuestro. De nuevo nuestro objetivo sería el orix. A la media hora de búsqueda encontramos a lo lejos un macho viejo, pero el problema esta vez era el viento, así que tuvimos que dar un rodeo enorme que nos llevó gran parte de la mañana. Le hicimos una aproximación muy lenta hasta colocarnos en un punto en el que era inviable el acercarse más. El animal se encontraba a unos 100 metros tapado por unos matorrales y el tronco de un árbol que tan solo nos permitía ver la cabeza por un lado y unos pocos centímetros del lomo por otro. A todo esto teníamos la dificultad añadida de un arbusto a mitad de camino y en línea recta entre el orix y nosotros, que hacia que lo único que viéramos del animal fuera a través de un hueco de éste, de no más de 15 centímetros de diámetro. Ante esta situación Japie colocó el trípode  diciéndome que cuando saliera a campo abierto disparara. Obediente  apoyé el rifle y a esperé. Pero los minutos pasaban y no se producía el más mínimo movimiento del dichoso orix. Mis manos comenzaban a temblar y mis brazos se resentían, lo que me obligaba a desencararme el arma continuamente. Veía que no iba a ser capaz de meterlo en la cruz cuando saliera de su refugio. Llevábamos 25 minutos sin ningún cambio cuando en mi visor y a través del pequeño hueco del arbusto, veo en un momento de cierta estabilidad en mi pulso, el único trozo de piel que el animal estaba dispuesto a enseñarnos, así que sin pensármelo y sin avisar a nadie, apreté el gatillo. El susto que se llevó Leticia fue de órdago, Frank me miraba como preguntándome a que demonios había tirado y Japie con las manos en la cabeza y cara incredulidad, me confirmaba que lo había visto caer. Bonito animal y lance para el recuerdo.

Esa tarde mientras andábamos buscando un buen kudu apareció ante nosotros uno de poca importancia, pero al que le detectaron una herida en una mano, por lo que Japie me brindó la posibilidad de abatirlo, detalle que lógicamente agradecí.

Ya casi de noche, conseguí un bonito impala bajo una puesta de sol que jamás olvidaré. Esa noche hubo barbacoa del ñu que cacé el día anterior.

Al día siguiente cazamos con Javi, otro joven profesional con el que disfrute de un rececho de casi tres horas tras el waterbuck.

Habíamos divisado en grupo un muy buen ejemplar, pero el acercamiento era difícil y la huida fue rápida. Aun así no estábamos dispuestos a desperdiciar aquel trofeo, así que decidimos seguirlos por una zona densa de matorral alto. Por la espesura de la vegetación en muchos momentos nos veíamos obligados a arrastrarnos por el suelo como los scouts de 12 años en los campamentos de verano. Durante esta larga búsqueda nos topamos con multitud de especies, lo que nos obligaba a parar en seco para no provocar carreras de animales que nos pusieran aun más difícil nuestro objetivo. De esta manera nos llegamos a situar a no más de tres metros de un ñu azul. Cuando por fin localizamos el grupo, vimos como trataban  de dar un rodeo a la espesa vegetación por la que nosotros tratábamos de darle alcance. Nuestra única opción era correr hacia la derecha para cortarles el paso. La decisión fue la correcta y a los dos minutos el lance culminó con un gran waterbuck en el suelo. Definitivamente el trofeo era merecedor de un rececho como ese.

Las cervezas del aperitivo de ese día me supieron mejor que las de cualquier otro y si además las acompañas con una exquisita lasaña de red hartebeest para almorzar…

Por la tarde probamos suerte realizando un aguardo con Ben, pero no la hubo y a falta de caza nos dedicamos a disfrutar de una nueva y espectacular puesta de sol africana.

La mañana del 4 de Abril tampoco hubo suerte, pero por la tarde cambió. Nos desplazamos a otra concesión de la que dispone Japie a no muchos kilómetros de Neuhof,  en la que esta vez conseguimos el kudu que en días anteriores se nos había resistido, y un bonito springbuck. No se podía pedir más. La tarde la rematamos con unos sabrosísimos filetes de eland acompañados de un fantástico vino sudafricano.

De nuevo nos correspondía cazar con Javi la mañana del 5, esta vez en busca del ñu negro. Pero tan solo los veíamos azules además de duikers, steenbuck y algunas jirafas que con su elegante estampa  no hacían más que realzar aun más la belleza infinita de esta tierra. No fue hasta pasadas un par de horas cuando al fin fijamos la mirada en un macho solitario que podía merecer la pena, pero en esta ocasión no calculé bien las distancias y el tiro se fue bajo, dando al traste con mis ilusiones, aunque no hay mal que por bien no venga y al final me alegre de errar aquel tiro, pues pocos minutos después conseguí abatir uno de bastante más importancia que el anterior. El resto de la mañana lo pasamos de aguardo en una charca en la que habíamos observado huellas de cheetah, pero no sonó la flauta, aunque si pudimos disfrutar viendo en primera persona como respetan los jóvenes ñus la jerarquía del grupo, realizando continuamente a escasos metros nuestros,  gestos de sumisión ante un gran macho. Me sentía como si fuese un afortunado reportero de National Geographic. La de ese día era la última tarde que pasaríamos en Neuhof, y tan solo nos quedaba pendiente el faco, así que de nuevo nos tocaba aguardar. Esta vez el aguardo lo realizamos en un aguadero situado en la misma concesión en la que 2 días antes había conseguido el kudu y el springbuck. Nos acomodamos en el mismo vehículo, aunque previamente Javi se había encargado, no se como, de introducirlo en el centro de un espinoso y espesísimo arbusto, dejándolo totalmente oculto. No fue hasta última hora cuando nos sorprendieron entrándonos por detrás un par de facos de pobre boca, a los que tras encararlos  a no más de un par de metros  de mi posición los deje marchar no sin cierta tentación. Ya estábamos en pie para recoger cuando de nuevo los dos primales hacen acto de presencia, esta vez por nuestra derecha y a unos 40 metros. Pero en esta ocasión, venían seguidos de otro que sin ser espectacular, si poseía una boca que no podía dejar pasar, así que al más puro estilo montero conseguí el trofeo que cerraba mi safari.




Aquella última noche en Neuhof, nos invadió una profunda sensación de tristeza difícil de describir. Todo tocaba a su fin y a la añoranza del safari terminado se unía la de dejar atrás a unos anfitriones que tras siete días de complicidad,  se habían convertido en amigos mas que otra cosa.

Al día siguiente Japie nos hizo de guía turístico por Windhoek para finalmente invitarnos a cenar en Joe´s Beerhouse, un conocido restaurante en el que paran todos los cazadores que pasan por la ciudad. Cebra y orix fueron nuestros últimos deleites culinarios en este país.

Atrás dejamos amigos, recuerdos y la promesa de regresar para seguir disfrutando de las bondades de este maravilloso continente.

Doy las gracias a Dios por haberme bendecido con esta afición que nos hace vivir momentos y sensaciones inigualables y que otros no podrán sentir jamás.

El próximo Domingo de Ramos, mientras acompañe a mi Virgen de la Paz por el parque de vuelta a su casa y oliendo a  incienso y a azahar, recordaré a través de la malla de plata de su inmaculado palio, la puesta de sol  que un año atrás disfruté en  las eternas llanuras de África.

Lista de Relatos