De cazador para cazadores

XVII - Es tan fiero el león como lo pintan ...

Ya había estado África en varias ocasiones. En verdad es más apropiado decir que ya había estado en Sudáfrica con anterioridad. Aunque mi economía y mis obligaciones laboral-familiares me aconsejan hacer en el mejor de los casos sólo un viaje de caza al año, y aunque me había jurado y perjurado, pensando que en la variedad está el gusto, que probaría otras mieles en otros continentes, volví­ a picar el anzuelo como un boquerón.

En un lugar tan evocador para la caza africana como puede ser una mañana veraniega de playa en Cantabria comencé  a pergeñar mis aviesas intenciones (lo de aviesas se lo dedico con cariño a mi santa) y empecé a darle vueltas a la posibilidad de cazar un león. Mi dilatada y amplia experiencia en su caza se resumía a un par de casuales avistamientos cazando búfalos en el Selous años antes. Mi recuerdo de aquellos encuentros era la de unos animales imponentes, desafiantes... pero eso sí­: con una melena tipo Anasagasti muy lejos de la imagen que todos tenemos del tí­pico león de melena cardada recién salido de la peluquería. Para mi sorpresa, y según fui­ indagando en el tema, lo de los leones alopécicos no era la excepción sino más bien la norma: Mi buen amigo Jesús Medrano es un apasionado de Camerún y ha cazado allí­ en varias ocasiones. Aunque los leones (y en general los gatos) se la traen péndula, siempre me comentó que por aquellos lares tampoco son gran cosa capilarmente hablando. ¿Dónde estaban los leones peludos de verdad? ¿Esos leones con pelos desde la punta de la nariz hasta la punta de mejor me callo el nombre? En Tanzania y Mozambique hay grandes leones, corpulentos y masivos, pero sigue siendo muy difí­cil encontrar melenas importantes. Namibia quizá sea el paí­s con mejores leones salvajes pero su caza está cerrada.

Otro tema es el de los dineros: Cazar un león en Tanzania, Zambia o Mozambique supone estar un mí­nimo de 21 días, aflojar una pasta gansa en concepto de estancia/dí­a, aflojar otra pasta gansa por tasa de abate y otros impuestos, seguir aligerando los bolsillos para recomponer todo lo que se va rompiendo: traslados en avioneta, hoteles varios en noches de traslado...y las consabidas propinas, los vuelos... pero lo más morboso es que después de todo esto te puedes venir "con" o "sin" tu león. "Con" es un cliente satisfecho que tendrá que explicar a su parienta cómo ha sido tan cabrón como para gastarse esa pequeña fortuna en "asesinar" a un "pobre bicho" que "no te ha hecho nada". De la opción "sin" prefiero no hacer comentarios porque creo que sale más a cuenta decirle al comandante del avión de regreso a casita que abra las compuertas y auto-inmolarse sobre suelo somalí.

Conclusión: El 99,9 (de periodo) de los leones que vemos en las revistas con imponentes cardados, con mechas y algunos de ellos hasta con permanente son sudafricanos. Son leones criados en cautividad y eso hace que no se vayan por ahí­ dejando su precioso trofeo a jirones en los espinos y acacias. Mi experiencia con las perdices de bote me hace desconfiar de este tipo de sucedáneos. Además, dar muerte a un animal que mitifica el ejemplo de lo salvaje y que en su naturaleza no lo es, supone desvirtuar la principal razón por la que se te pone en la mollera cazarlo.

Con estas premisas, y pareciéndome no asumible el costo o, más bien, el riesgo de volverme sin él en abierto, me puse en contacto con varias orgánicas para ir sondeando precios y condiciones.. Para mi sorpresa el mercadeo era total: Habí­a diferentes precios de machos según su tamaño y melena. Es decir: Cuanto más gordo y peludo más caro. Después de picotear en varias flores volví a caer en las redes de Carlos Mas. El caracterí­stico "MUUUY BIEN" de Carlos al otro lado del teléfono te va envolviendo con su efecto balsámico y este hombre transmite tal emoción en lo que hace que te das cuenta de que vas a ir a cazar sí­ o también. Un macho de león de Sudáfrica en esas condiciones sigue teniendo un precio respetable. Precio que no estaba dispuesto a asumir si después la experiencia resultaba descafeinada. Repasando los programas que tiene en su web existía la posibilidad de cazar una leona más unos entremeses al sorprendente precio de 4.995€. El ratio riesgo (dinero invertido, posibilidad de que la experiencia no fuese la esperada) / beneficio (bajo costo para cazar a fin de cuentas un big five) era llamativamente positivo. Si encima podí­a dar alegrí­a al dedo tirando a ese oscuro objeto de deseo llamado facochero y a algún pequeñín, miel sobre hojuelas. Me acompañaban en el viaje dos amigos: Juanje y Enrique, de los cuales no voy a entrar en detalles porque dan juego como para escribir un tratado de varios tomos.

Después de mucho mariconeo, mucho leer y mucho preguntar sobre distancias posibles de tiro me decido por llevar un express 375 HH con un visor desmontable de 1-4 aumentos. Para el menudillo me confirman que me pueden dejar un 30-06.

De un tiempo a esta parte disfruto mucho con los preparativos de un safari. Las tertulias y bromas en cenas improvisadas se suceden y al calor de un vaso de vino las aventuras se enfatizan y las predicciones de lo que el viaje puede llegar a ser me recuerdan siempre al "Cuento de la lechera". También tienen su guasa las sesiones en el campo de tiro tratando de encontrar la carga que mejor agrupe, pues sabido es que los rifles dobles son especialmente maniáticos con la munición que disparan. Tenía el rifle puesto a tiro con puntas TXP de Norma de 300 Grains, demasiado duras para mi gusto. Me costó dar con la carga adecuada para puntas Interlock de Hornady, pues al principio el arma cruzaba los tiros en demasía y hubo que bajar la velocidad en boca para conseguir agrupaciones decentes. Desde aquí­ mi agradecimiento a Juan Ramón Alonso que me ayudó en este empeño. En broma (eso espero) solía decirme que, entre las 40 balas que me recargó, había una que en vez de pólvora sólo tenía harina y que esperaba que no fuera la de la suerte suprema; que lo hacía para dar un poco más de emoción al tema.

Nos embarcamos con la esperanza que en el vuelo Madrid-Johannesburgo pudiésemos dormir algo, cosa que como siempre no ocurrió. A partir de aquí, lo consabido: Desembarco tedioso, trámites con las armas y un momento que para mí siempre tiene algo de mágico: El primer encuentro con los profesionales. Me había hablado mucho y bien Carlos Mas de Kobus. Lo cierto es que su apariencia distaba bastante de la del PH agresivo mezcla de John Rambo y Mark Sullivan. Más bien se asemejaba a un funcionario que te atiende al otro lado de la ventanilla de cualquier edificio oficial (mi respeto a los funcionarios, pues en cierta medida yo también lo soy). Manos cuidadas, modales impecables y fenotipo casi pícnico. Se notaba que el hombre hacía lo que podía por agradar. Nos recibió acompañado por su hijo y, la verdad es que no teníamos que estrujarnos mucho la cabeza, porque atendía por Kobus Jr. La primera impresión, que como dice el aforismo es la que cuenta, fue claramente positiva.

Nos ponemos rumbo al Green Kalahari, frontera con Namibia. "How long is the camp?". La experiencia me dice que los africanos (me da igual que sean blancos que negros) tienen un concepto muy particular del espacio y del tiempo. Si te dicen que el viaje va a durar 6 horas no vas descaminado si piensas que van a ser 12. Si te dicen que la distancia es de 200 km Échale otros 200 más y por ahí­ andará la cosa. Cuando me contestó que tardaríamos unas 6-8 horas apliqué este teorema y se me pusieron los pelos como escarpias. Más tarde comprobé que mis recelos estaban fundados. Llegada al campamento y como un déjà-vu reaparecen los apretones de manos, las risitas tontas y cambiamos las primeras impresiones. Efluvios alcohólicos, brindamos por el éxito de la cacería, o eso supongo con mi nivel de inglés, y todos al catre para estar presentables al día siguiente.





Toque de diana. Ducha con agua frí­a para aclarar las ideas. Me llama el dueño de la concesión, de nombre Tommy, y me dice que antes de salir a cazar conviene que sepa cómo actuar en caso de carga. Me explica que cuando una bestia de estas carga y derriba a alguno de sus perseguidores, el guirigay que se forma es de abrigo y conviene no tirar de pié, es decir, de arriba a abajo, sino poner rodilla en tierra para que los tiros sean paralelos al terreno y de esta forma se minimiza la posibilidad de matar al homínido en vez de al león. Asisto horrorizado a sus explicaciones, no porque no me parezcan sensatas, sino porque el hecho de que me las dé me obliga a pensar que la situación no es excepcional. "¡Vale!", pensé en voz baja, "Si lo que pretendes es acojonarme lo has conseguido".

Nos montamos en dos pick-up a carrilear esperando cruzar huellas de nuestro objetivo. Yo prefería no hacer preguntas incómodas: "¿Porqué buscáis aquí y no en otra zona una leona?", "¿Es que hicisteis en este área la suelta?", "¿Los leones crían aquí o se han repoblado hace poco tiempo?", "¿Cuánto es ese tiempo?" etc, etc. No sabía y prefería no saber.



Después de poco más de dos horas cortamos un rastro. Los morenos parlamentan y les parece un rastro fiable: Fresco y de una hembra adulta. Bajamos de los coches y comenzamos a seguir la huella. "Esto va ser pan comido", pensé para mis adentros.



Llegados a este punto conviene que describa la comitiva:
-Kobus (el "funcionario"), con un Ruger 458 Lott.
-Kobus JR: (el vástago) con un 30-06 CON VISOR FIJO (manda güevos!!).
-Tommy, con un 416 Rigby.
-Un servidor con su 375 HH
-Un aborigen blanco tipo Cocodrilo Dundee que no sé de dónde diablos salió, pero que me daba la sensación de que de leones sabía hasta como se sacaban las pelusillas del ombligo. Este artista llevaba una escopeta SAUT Remington cargada con postas.



Visto el percal yo al que me pegué como una lapa fue a Cocodrilo Dundee y por supuesto a los dos trackers morenos que como van desarmados iban con pies de plomo.



Desde mi ignorancia suponía que en no mucho tiempo la leona se dejaría alcanzar y me la señalarían para poderla atizar, quien sabe si bostezando (estos animales son muy bostezones) o fornicando con algún fogoso león. Suponía mal. Las horas (y el sol) caí­an a plomo, y huellas encontrábamos como para exportar, pero el bicho era un figura en tomar las de Villadiego. Llevaríamos andando unas 4 o 5 horas cuando uno de los trackers comenzó a vociferar señalando el horizonte. Todos miramos hacia donde señalaba, y en el quinto pino logré ver una figura que se daba el piro que era un primor. Por lo visto se trataba de la leona que estábamos siguiendo, pero si en aquel momento me dicen que era un gamusino también me lo habría creído.

La anécdota nos hizo recargar las pilas. Durante las dos horas siguientes pudimos observar perfectamente en la arena las marcas del cuerpo y de su rabo serpenteante en zonas donde había estado descansando aguardándonos, hasta que nuestra proximidad la habí­a hecho salir de su encame, sin que llegáramos a verla. Eso de que me aguarden ya no me agradaba tanto e hizo que me convirtiera en una sombra de Cocodrilo Dundee. El tiempo pasaba, y ese extraño sopor que aparece cuando nada llama nuestra atención se había instaurado. Súbitamente, uno de los trackers pegó un salto de la órdiga y en un santiamén y con cara de espanto se puso el último de la fila. Todos los demás nos encaramos el rifle apuntando a todas partes nerviosamente. Los segundos pasaron y la leona no aparecía por lo que bajamos los rifles. Al negro le entró la risa floja y se excusó explicándonos que de repente le había llegado un efluvio de león (de nuevo manda güevos). Estábamos todos con esa sonrisa estúpida característica de cuando uno ha estado acojonado y se resiste a reconocerlo cuando la leona se nos arrancó a unos 10-15 metros, tapándose entre unos arbustos y sin darme opción ni a apoyar el rifle en mi hombro. Eso de que a un animal lo lleves por delante, que se agache, que te espere y que se te arranque cerca tiene mucho encanto cuando se trata de perdices, pero en el caso de la leona yo no le veía la gracia por ningún lado. Obviamente, y ante el cariz que tomaba el asunto, quité el visor al rifle. Me daban ganas de decir al conductor del autobús que parase que el menda se bajaba.



Transcurrieron monótonas un par de horas más y los ánimos se enfriaron. El sol se estaba poniendo y una mezcla de cansancio fí­sico y stress mental comenzaba a hacerme mella. Ya cualquier matorral, espino, arbusto o accidente del terreno simulaba tener a la leona acechante dispuesta a cargar, y eso me hací­a portar el rifle en posición de encare inminente de forma continua. Llegamos a un matorral espinoso de unos 10 metros cuadrados y allí­ las huellas parecían perderse. Como suele hacerse en estos casos el personal comenzó a desperdigarse para intentar retomar de nuevo el rastro de salida. Yo me quedé junto al matorral con Kobus Jr. que me protegía con su 30-06 con visor fijo de 5 aumentos. Empezamos a decir chorradas, lo cual es propio de estas situaciones. La búsqueda comenzaba a alargarse por lo que yo empecé a ojear en la maleza alguna rama seca sobre la que apoyar mis glúteos. Mientras, Kobus Jr. curioseaba a la vez que mordisqueaba una hierba seca que llevaba en la comisura de su boca, y miraba en la espesura del matorral cuando un rictus de terror cambió su semblante y exclamó: LIONEESS!!!



Pensé que era una broma más de las muchas que nos hacíamos para matar el tedio pero un rugido como un trueno salió de entre las ramas y la hojarasca. La maleza súbitamente cobró vida y yo que ya estaba aproximando mi culo (con perdón) a un leño casi pongo el huevo allí mismo in situ. Pegué un bote como un muelle mientras se oían voces: GO BACK! GO BACK!!. Todos apuntábamos a la maleza como si fuésemos un pelotón de fusilamiento.



Comencé a dar pasos hacia atrás mientras encaraba al arbusto sin conseguir verla, mientras rugía como la madre que la parió. Tropecé con una rama y caí de culo y la leona que no dejaba de mencionar a mis padres en su idioma (en la próxima película "Cantinflas cazando un león" yo podría ser el protagonista.)
Os resumo la situación.
- YO TUMBADO DE ESPALDAS Y CON LOS TESTICULOS EN EL CUELLO.
- UNA LEONA RUGIENDO QUE SE JODE METIDA EN UN MATORRAL.
- EL MATORRAL ESTÁ A DOS O TRES METROS DE MÍ.
- YO NO PUEDO VER A LA LEONA.

Torpemente y de forma descoordinada me levanté intentando en todo momento mantener la boca del arma dirigida hacia la caja de los truenos. Retrocedí­ unos metros más completamente agarrotado. Sentía un miedo primario. Existen muchos tipos de miedo. Algunos de ellos ya los había vivido antes. Se puede tener miedo a la enfermedad, a la ruina económica, a que le pase algo a un hijo, a perder el trabajo... Pero este miedo era distinto. Era un miedo primitivo, atávico, visceral. Miedo a que la bestia salga no se sabe por dónde, a que no te dé tiempo a encarar el rifle, a que te despedace en un santiamén, a que te peguen un tiro por detrás tu compañeros con el mejor de los propósitos. Miedo a tantas cosas que se haría farragoso intentar explicarlas. Todo ello mezclado con unos rugidos que parecían salir de un ser sobrenatural. Los había escuchado antes en los documentales de la 2, cuando en las sobremesas y entre bostezo y bostezo intentas buscar acomodo con la chinostra entre los almohadones del sofá. Aquello era diferente... parecía una pesadilla. Me parapeté tras un árbol seco que me hizo sentir como el conejo que por fin encuentra una aulaga para perder de vista al podenquillo que le viene apretando. Vino hacia mí Cocodrilo Dundee (CD) mientras el resto de los rifles se posicionaron detrás de nosotros dos. Me invadió un temblequeo en todo mi cuerpo y los dientes me castañeaban. Era una mezcla de emoción, pánico y descarga de adrenalina. CD comenzó a darme mensajes de tranquilidad diciéndome que el momento había sido peligroso pero que actualmente la situación estaba controlada. La leona (eso creíamos) rugía con menos fuerza. Seguí­amos sin verla dentro de la maleza. Unos 15 metros nos separaban de ella. Los rugidos se fueron transformando en gruñidos. Parecía que se iba calmando y eso a su vez conseguía hacer lo propio con mi estado de ánimo. Me permití el lujo de conversar con CD con mi Spanglish. Me explicó que el animal sólo montó en cólera al sentirse descubierto por Kobus Jr y cruzar su mirada con la del chaval, siendo un momento crítico en el que cualquier cosa podía haber pasado. Pasaban los minutos y poco a poco se hizo el silencio. Calma tensa. Me dolía la cabeza, tenía las mandíbulas y el cuello contracturado. Un dolor pulsátil me martilleaba la nuca y tenía la boca seca y la lengua pastosa. "Se supone que pago precisamente por todo ello" pensé.

Permanecía aferrado a mi rifle en posición de apunten fuego hacia donde un tiempo antes rugía el animal. Decidí poner el visor advirtiendo a CD que me cubriese por si le daba por cargar mientras lo hacía. Nunca se me había hecho tan interminable la maniobra de poner el visor. Apresuradamente volví a apuntar hacia la maleza intentando ver un bigote, una oreja, el mechón de la cola serpenteando entre las ramas... nada. Era imposible y por más que le preguntaba a CD él tampoco conseguía verla. Para entonces yo empezaba a estar de nuevo realmente incómodo. La leona seguía en silencio e incluso llegué a pensar que se había ido raposeando por alguna zona fuera de nuestro ángulo de visión. Desconozco los motivos, pero CD me dijo que eso jamás lo haría tal y como estábamos posicionados. Repetí­ en varias ocasiones la maniobra de quitar y poner el visor. Con él puesto me sentí­a capaz de llegar a descubrirla en lo más intrincado de la maleza pero muy desprotegido ante una posible carga. En una de las ocasiones en que puse el visor vi muy fugazmente unos ojos furtivos clavados en los míos. Eran inconfundibles, magnéticos y de color ámbar pero no me dio tiempo ni siquiera a reaccionar. Algo había conseguido: Al menos sabía que seguía ahí y, aunque no la veía, al menos sabía en qué zona estaba agazapada. El tiempo seguía pasando y mi desasosiego in crescendo. No veía la forma de resolver la situación: La leona no quería salir (yo tampoco sabía si quería que saliese porque estaba aterrado) y yo no quería ir hacia ella para provocar su carga (esta posibilidad me aterraba aun más). Sólo querí­a que todo acabase. Sugerí a CD la posibilidad de prender fuego a la maleza pero me contestó que eso sólo complicaría la situación. Los trackers comenzaron a lanzar palos y piedras a la espesura pero ni por esas... Incluso llamaron al campamento y vino un Toyota para que intentara mover la maleza y provocar su carga pero tampoco resultó. La situación era grotesca, incluso podría definirse de cómica si no fuera por el miedo que podía cortarse en el ambiente. Ya me daba igual todo: Si por mí­ fuese habría contratado al Ministerio de defensa del Gobierno de Sudáfrica para echar bombas racimo sobre aquel matorral que me estaba torturando.

La posibilidad me parecía grotesca, pero me veía venir que no me iba a quedar otra que disparar hacia la oscuridad donde hacía un tiempo la había podido vislumbrar. Tenía huevos que después de llevar meses soñando con el lance y devorando todo lo que podía sobre anatomí­a de estos animales y sobre distintos tiros desde diferentes ángulos, al final iba a tener que tirar al bulto. No me hacía ni puñetera gracia, porque si algo había leído, es que jamás se debe de tirar a un león si no se está "seguro" de que el tiro está bien colocado. Lo había leído, y aunque no lo hubiera leído, lo dice el sentido común. Yo no sé si CD estaba esperando a que yo se lo sugiriera, pero el caso es que en cuanto se lo planteé con mi torpe inglés no me costó nada convencerlo, contestándome que no veí­a otra opción.



Comenzó entonces entre susurros y voces quedas una breve conversación sobre dónde tirar el primer y, por aquel entonces así lo deseaba, único tiro, me farfullaba no se qué de "branches", "grass", "darkness", etc, etc, pero yo ya tení­a a esas alturas mis entendederas muy limitaditas, por lo que decidí­ decirle "amén" a todo y hacer lo que me viniera en gana, que no era otra cosa que apuntar exactamente a donde había vislumbrado la leona fugazmente.

"Ahora viene cuando la matan" (nunca mejor dicho) – pensé. Tragué saliva y (por supuesto sin el visor) busqué apoyo como pude. Intentaba pensar que nada era realidad y que en verdad estaba en el Polí­gono de Tiro disparando a dianas de papel. No me dio resultado: Solamente con pensar la posibilidad de empanzarla con ese primer disparo e imaginármela viniendo como un obús zigzagueante hacia nosotros se me doblaban las piernas. Era increíble como perfectamente armado, y además con un calibre generoso, me sentía completamente indefenso y a merced de los acontecimientos. "Allá va!!!"- Me dije a mí mismo. Apreté suavemente el gatillo buscando que el tiro me sorprendiera. Transcurrieron segundos que me parecieron eternos. Mi carótida palpitante hacía oscilar la boca del arma y por fin fue el rifle el que rugió. Estruendo que se magnificaba por la tensión acumulada. Bendito ruido y bendito olor a pólvora quemada. Tan rápido como pude apoyé mi índice sobre el gatillo de atrás y los ojos se me salían de las órbitas intentando desentrañar los misterios de aquella espesura esperando la carga en cualquier momento. NADA!!. Ni carga enfurecida, ni rugidos ni nada de nada. Prefería pensar que la había dejado planchada con el disparo que pensar que ni la había tocado, a pesar que esta segunda posibilidad era, con mucho, más probable. Mientras mantenía mi jeta completamente apretada contra la culata, me iba convenciendo en voz baja de que lo más probable era que ni la hubiera rozado, pues, salvo un tiro al cerebro, cualquier otro tiro, por bien colocado que estuviese, no la clavaría en el sitio sin el más mínimo movimiento... y ya era demasiada potra que con lo grande que era la maleza la bala se fuera a encontrar con los sesos de la leona. Pasa el tiempo y le digo a CD que esté más atento (Ya lo estaba) mientras recargo rápidamente el caño derecho con otra bala y de nuevo encaro el rifle. Después de un par de minutos, y en vista de que nada sucedía, me vengo "parriba" y sin pedir audiencia a nadie decido descerrajar otro tiro. Quizá no era lo más acertado, pero yo ya no tenía la cabeza frí­a para hacer cábalas y plantear hipótesis. Con el ruido de este segundo tiro, la leona superpuso un gruñido agudo que luego se siguió de otros. Me animé porque los rugidos tení­an un tono muy distinto a los que hizo cuando la sorprendimos. También me animé porque, para qué negarlo, vi como les cambiaba el semblante a los negros, lo cual era un buen augurio. Los rugidos se iban haciendo lúgubres y atenuados y uno de los trackers me hizo señas inequí­vocas de que me acercara rápidamente a su posición señalando al matorral. Lo hice tan rápidamente como mis temblantes piernas me lo permitieron, y desde allí pude vislumbrar la silueta de la leona malherida y disparar el cañón izquierdo a la columna.



Apretones de manos, saltos nerviosos, abrazos...,qué se yo!! Borrachera de emociones y de sentimientos al ver a la leona inánime, inerte a nuestros pies. Fotografías, más apretones de manos y la tranquilidad interior que da el saber que el safari estaba amortizado y que la parte más espinosa había transcurrido con éxito.







Eran en total diez días de caza y tenía por delante días y ánimo para intentar más animales.
Buscando huellas de leones habíamos encontrado el día anterior unas que eran de hiena marrón. Tenía entendido que era un animal protegido y con licencias escasas, pero tras consultarlo, me dijeron que podían obtener un permiso. No lo dudé ni un momento y nos pusimos manos a la obra para poner cebos. Hicimos dos esperas de 5 horas dos noches seguidas, pero me di cuenta que la hiena marrón es más reservada y lista que su hermana manchada, pues de estas últimas había cazado dos en Tanzania en safaris anteriores y me parecieron animales descarados y no tan desconfiados como podríamos pensar. Durante el día y esperando a las noches de aguardo me dedicaba a cazar gallinas de Guinea y unas avutardas pequeñas similares a nuestros sisones (con una escopeta que me dejaron ¡MADE IN EIBAR!!),también se cruzaron en mi camino en esas horas de búsqueda de huellas y asueto varios facocheros, un Steenbuck y un Orix.







Los días pasaban, y la empresa se me antojaba cada vez más difícil. Veíamos rastros durante el día, pero durante la noche entraba en otro cebo. Si cambiábamos de lugar, la hiena tomaba el sitio que habíamos abandonado; o sea, como nuestros cochinos. Por parecerse, incluso se parecía en su gusto por enlodarse con gasoil y aceite de motor usado. Las noches eran realmente frías, y aunque nos abrigábamos con mantas, el duermevela y el enfriamiento me hacían pensar que me encontraba de aguardo en cualquiera de nuestras sierras.

El caso es que la hiena no aparecía y nos desplazamos en coche otro montón de horas para trasladarnos al Limpopo. Esta vez obvié preguntar la duración del viaje, porque sabía que su respuesta y la realidad no coincidirían ni por asomo. Amenicé el trayecto con una paradita a medio camino para tirar a un gamo (Sí, leéis bien, gamo) y a un Blesbuck blanco (variedad albina del Blesbuck común). Vimos también un arruí pero me pareció mucho dinero por lo que llevaba sobre su cabeza.



Llegada al campamento del Limpopo. Kobus me dice que nos alojaremos en un campamento que no es el suyo, pues el suyo lo estaba remodelando. Más saludos y cambios de impresiones. La verdad es que he debido de mejorar el "How are you?" porque cuando lo largo es tan bueno mi acento que mi interlocutor anglófilo me suelta tal parrafada en inglés cerrado que me pone en serios apuros para poderle seguir la conversación. Durante mi estancia en el nuevo lodge conseguí­ el ansiado Nyala y no os voy a aburrir con batallitas porque fue un tiro desde unos 50 metros del animal con el 30-06 de Kobus.


Yo seguía emperrado con la "Brown hyena". Ellos la llamaban lobo, lo cual me ponía aún más cachondo. Una tarde fuimos a un campamento vecino donde me habían asegurado que ponían continuamente cebos para atraerlas. En el cebadero tenían instalado un detector de movimiento con una cámara digital incorporada que fotografiaba a cualquier animal que se acercara a la carroña. Me enseñaron en un PC portátil imágenes de noches recientes y me mostraron, ginetas, rateles, civetas y varias hienas. Incluso me enseñaron fotos de un leopardo que había entrado al cebo dos noches durante la última semana. Nos dirigimos después de cenar hacia el puesto y nos acomodamos en un blind de pajas altas con un pequeño orificio para sacar la boca del rifle y otro para una linterna de luz roja. Disponía de una pequeña mesa para apoyarme, dejar colocado el rifle y todo lo que me podía ser útil: prismáticos, coca-cola... El cebo estaría a unos 40-50 metros y yo me encontraba más cómodo que en el campo de tiro. Llevaríamos esperando poco más de una hora y la modorra me hacía cabecear de vez en cuando. La verdad es que llevaba muchos días durmiendo una media de 3 o 4 horas ya que cazábamos día y noche. Todo ello gracias a Kobus Jr. a quien sus 20 añitos de edad le permitían estar fresco como una rosa, sin embargo, mi estado de cansancio y sopor continuo rayaba en ocasiones lo patético.

Encontrándome en ese dulce estado entre el sueño ligero y las fugaces conexiones con la realidad, un relámpago de luz me alertó como si me echaran un cubo de agua helada. Era el flash de la cámara que había detectado algo e impaciente pregunté susurrando al oído de Kobus. Me respondió que creía que era un bushpig (el equivalente a nuestro jabalí­), pero que no estaba seguro y que encendería la luz y según lo que apareciese decidiríamos si yo tiraba o no. La luz roja iluminó con su tenue manto el campo de batalla. Rápidamente vi­ cómo una hiena marrón estaba devorando el costillar de un cadáver de facochero que tenía más moscas que carne. La hiena parecía pensar que el festejo no iba con ella porque me dio todo el tiempo del mundo para regodearme en el lance y tirarle con mi 375 a la paletilla. Se desplomó sobre el facochero como si de un óleo de naturaleza muerta se tratara. Me hizo una ilusión enorme por parecerme al verla una criatura más extraña de lo que había imaginado.

De vuelta al campamento maté una gineta que nos cruzó por delante del Toyota con un 222 del dueño de la finca. La recolección de bichos raros iba en aumento: la hiena, una gineta y un chacal de espalda negra que había cazado en el Kalahari. Buscando un buen Bushbuck habíamos visto una noche una civeta en las orillas del río Limpopo pero no me dio opción de tiro. Al día siguiente conseguí­ un Reedbuck de montaña y por la noche salimos de nuevo a nuestras correrías nocturnas.









Nos encontrábamos cazando una zona de planicie dedicada al cultivo, cuando un animal llamó nuestra atención. Estaba realmente lejos. Es difícil calcular las distancias de noche pero estaría a más de 150 metros. Súbitamente desapareció, por lo que lo que fuera se habría agachado y escondido entre los surcos de la plantación, ya que de haber escapado lo habríamos visto. Yo les veía muy excitados y a mis preguntas respondieron que por el color y por su comportamiento, pensaban que era un gato, pero no sabían cual, aunque decían que quizá un wild cat (parecido a nuestro gato montés). Emprendimos un rápido acercamiento hacia donde lo habíamos visto, entendiendo yo que lo que fuera tendría que estar a nuestros pies. De repente Kobus Jr se dirigió a mí­ señalándome un surco de la plantación que estaría a no más 1 metro de distancia. Me gritó en inglés que estaba viendo un wild cat. Yo, por más que miraba y remiraba, no conseguía ver más que terrones, pero al ir recorriendo con mis ojos el surco, estos se toparon con un fragmento de piel moteada. Kobus Jr me chillaba instándome a tirar, pero me resistía a hacerlo a un animal del tamaño de un gato doméstico a 2-3 metros de distancia con el 30-06 que portaba, porque estaba seguro de volatilizarlo y quedarme sin trofeo. Repentinamente y como de la nada surgió un enorme gato agigantado por la oscuridad de la noche, que corría que se las pelaba, mientras Kobus Jr. se desesperaba gritándome que tirara. No sé como lo hice, pero el caso es que me eché a la cara el 30-06 con el visor en 4 aumentos, puse la retícula en el culo del gato, que es lo único que el grosero tuvo a bien enseñarme, y apreté el gatillo cayendo como un trapo sobre el tapete verde de la plantación.



La alegría era indescriptible. Se trataba de un serval magnifico, animal que ni sabía que podía llegar a encontrar y, en cualquier caso, muy difícil de dar caza.
Volvimos al campamento y rápidamente corrió la noticia, pues debe ser lo más parecido a un duende, y su caza, normalmente, fruto del azar y la suerte, como fue en mi caso.
Como en cualquier viaje de caza, quedan para el recuerdo los momentos intensos, que he intentado relatar, pero también hay lugar para infinidad de pequeñas anécdotas y múltiples vivencias que salpican la experiencia y que con la perspectiva del tiempo le hacen a uno esbozar una mueca de sonrisa cuando le vienen a la mente: Recuerdo las apariciones de Kobus Jr de madrugada canturreando ópera, la cara de gilipollas que se le quedó a Juanje cuando vio los trocitos esparcidos del colmillo del facochero que tiró al atardecer intentando recolectar como un C.S.I. cada uno de los fragmentos, la búsqueda del Blesbuck que en un principio pinché montados en Quad!! Y tantos y tantos momentos...










Para terminar, agradecer a Carlos Mas su honradez por llamar al pan pan y al vino vino, lo cual, en los tiempos que corren, es de agradecer; su buen hacer por permitirme contactar con profesionales de la talla de Kobus padre e hijo; y, finalmente, agradecerle que me haga sentir no como un cliente, sino como un amigo.

Gracias Kobus Jr
Gracias Kobus
Gracias Carlos

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